Noticias

A rezarle a San Agustín

El cartagenero esperó durante varios años su oportunidad en la selección de mayores y ahora no quiere desaprovecharla. Está feliz de enfrentar a Ronaldinho, Robinho y Kaká



Siempre reza antes de los partidos, “no para pedir, sino para agradecer”. GABRIEL APONTE

Con paciencia, Agustín Julio hizo la fila y esperó su turno. Durante más de 10 años soñó con ser el arquero titular de la selección de fútbol de Colombia pero aceptó con resignación que otros estaban por encima suyo.

Nunca bajó los brazos en su lucha por convertirse en el número uno del país y por eso hoy, con justicia, es el encargado de defender el arco del equipo nacional. Y aunque ya ha jugado algunos partidos con la selección, su prueba de fuego será el próximo domingo 14 de octubre, desde las 4:00 p.m., cuando Colombia enfrente a Brasil en el primer partido de la Eliminatoria Suramericana al Mundial de Suráfrica 2010.

Y mientras muchos cuidapalos preferirían estrenarse contra un rival menos exigente, al arquero cartagenero que actúa en el Deportes Tolima le emociona tener en frente a Ronaldinho, Kaká, Robinho y compañía. “Esos son los duelos que he esperado toda la vida, contra los mejores”, dice con tranquilidad, aunque no niega que desde ya siente cosquillitas en el estómago, pues cuenta con ansiedad los minutos que faltan para el encuentro ante los pentacampeones del mundo.

Agustín, quien mide 1,84 metros de estatura y pesa 79 kilos, nació en Cartagena el 25 de octubre de 1974, por lo que espera celebrar su cumpleaños 33 consolidado en la portería de la selección. “Estoy pasando por un buen momento deportivo, aprovechando toda la experiencia que he adquirido en más de 12 años en el fútbol profesional”, señala Julio, quien durante mucho tiempo estuvo a la sombra de Óscar Córdoba, Farid Mondragón, Miguel Calero y Juan Carlos Henao.

“La oportunidad me llegó un poco tarde, pero la merezco, porque hice la fila con juicio. Lo que pasa es que me tocó una época jodida, en la que teníamos arqueros de talla mundial. Ahora igual toca pelearla duro porque hay jóvenes muy buenos como Robinson Zapata y David Ospina, entre otros”, acepta Agustín, quien recordó con nostalgia su carrera en el balompié.

El bate no, el balón sí

Aunque sus padres le inculcaron desde pequeño el amor por el béisbol, que es el deporte que más se practica en la Ciudad Heroica, Agustín prefirió dedicarse al fútbol. Sin embargo, apenas a los 10 años descubrió su vocación de arquero, cuando lo pusieron a defender el arco del club Cartagena de Indias, pues el niño que tapaba no llegó y como él era el más alto, lo reemplazó. “Y ahí me quedé, me fue bien y me gustó, así que asumí que mi lugar estaba debajo de los tres palos”, dice.

Julio estudió en el Colegio Seminario y, según cuenta entre risas, “como era un muchacho tranquilo me querían meter de cura, pero mis amigos me torcieron y me llevaron por el camino del mal”.

Después jugó en varios clubes y aprendió que además de diversión, el fútbol significaba constancia, responsabilidad y cumplimiento. “Aún no era profesional, pero yo ya me sentía así, tomaba todo muy en serio”, recuerda sin modestia.

Esa disciplina le sirvió para conformar un equipo que jugó un torneo de talentos que organizaba el Independiente Santa Fe en la época en la que  estaba el dirigente César Villegas. “Era en enero y lo hacían con muchachos de todos los rincones del país. Los veedores eran Juanito Moreno, Alfonso Cañón y Alfonso Sepúlveda, quienes me eligieron en el grupo de 25 finalistas. Ese año jugamos el torneo del Olaya”, explica Julio, quien fue cedido después al Real Cartagena, con el que participó en el torneo de la Primera B, antes de integrarse a El Cóndor, filial del conjunto cardenal.

Su buen desempeño le permitió ascender y el 20 de agosto de 1995 debutó con el Santa Fe. Él recuerda claramente ese día. “Era un domingo en la tarde, quedamos 1-1 contra el Envigado y tapé bien. Hárold Morales nos puso en ventaja e igualaron con un autogol que me hizo Eduardo Orozco. Esas fechas no se olvidan”, enfatiza Agustín, quien ese día usó un pantalón negro largo que se convertiría en su marca registrada.

“Siempre juego así porque me siento cómodo y me gusta”, explica. Además, porque es muy cabalero (siempre reza antes de los partidos y entra a la cancha con el pie derecho) y como ese día tuvo buena suerte, lo siguió usando. “Ahora tengo muchos buzos, pero cuando me va bien con uno, lo repito al partido siguiente”, agrega.

Se fue varias veces de Santa Fe pero regresó pronto. Primero jugó la Copa Libertadores con el Júnior y después con el Once Caldas. Fue parte de la plantilla campeona con el Medellín, en 2002, pero una lesión le impidió actuar en las finales.

Hasta que en 2004 los dirigentes albirrojos decidieron entregarle sus derechos deportivos y él se fue a jugar al Tolima, en donde se ha convertido en uno de los referentes del equipo, aunque varias veces ha estado a punto de irse al exterior. “Se han presentado opciones pero no se ha concretado nada. De hecho, hay por ahí una posibilidad, pero depende del Tolima, porque no he sido partidario de los empresarios por un chasco que me pasó cuando iniciaba mi carrera”, dice.

Su primera convocatoria a la selección nacional fue en 1999, cuando Javier Álvarez asumió la dirección técnica. Desde entonces ha sido alternativa para el pórtico, pero no titular, aunque ahora la lesión de Miguel Calero y la suspensión de Robinson Zapata le dejaron el camino libre.

“Llegó el momento de demostrar por qué estoy aquí. Nunca es tarde para nada y mientras haya ilusión hay que dar la pelea. Eso me pasó a mí y demuestra que los sueños se hacen realidad cuando uno menos lo espera”, explica Agustín, quien por estos días siente mayor responsabilidad porque sabe que es el ídolo de muchos niños que se fijan en todo lo que hace y quieren seguir sus pasos.

El nuevo reto de la eliminatoria y la posibilidad de ser campeón con el Tolima antes de irse al exterior, son las motivaciones que tiene Julio para encarar los últimos años de su carrera, aunque tiene claro que aún faltan varias temporadas para dejar las canchas y convertirse en preparador de arqueros: “Sigo disfrutando lo que hago y me siento fuerte, además tengo el apoyo de mis padres, Agustín y María, mi esposa Zully y mis hijos Johnatan y María Camila, así que tendrán que aguantarme unos añitos más”,  señala entre risas el hoy arquero de la selección de Colombia, quien durante muchos años hizo la fila y esperó su turno con paciencia. Ahora de él depende no desaprovechar esa oportunidad.

Comentarios