El arquero de todos
Después de sacarse un diez en el clásico, vida y obra de Hilario Navarro, el N° 1 de Independiente; su paso por Racing y el Ciclón; su origen humilde, sus sueños...
Debe recordar ahora, cuando le endulzan los oídos como si se tratara de un héroe, aquellos días de ojos llorosos de mamá Balbina, callos en las manos sudorosas, trabajadoras, tan religiosas como ausentes de esperanza. Su madre y sus seis hermanos, en la sombra de una casa a medio construir, lata y madera, preguntándose dónde habrá ido su padre, ausente de por vida. "Nunca lo conocí", contó, más de una vez. Calor parecido al fuego en carne viva sobre la tierra correntina, su tierra, tereré y pan duro día por medio. Vendió diarios, vendió leña, vendió lo que podía comprarse, lo que su madre podía cocinar en una olla tantas veces desierta. Debe recordar ahora, seguro, cuando relee las crónicas del día después, Hilario Bernardo Navarro, de 29 años, figura en el triunfo de Independiente contra Racing por 1 a 0, aquellos días sin esperanza. Cuando ser un héroe era dormir con el estómago caliente.
"La luché, la luché desde chico", cuenta el arquero, el gran arquero. El arquero de todos. El admirador de Navarro Montoya, el que aún sueña ser de selección. Su 1,92 metro hacía la diferencia en la tierra, en el barrio, cuando cabeceaba todos los centros llovidos en los ensayos entre amigos, cuando la soga no llegaba al cuello. Cuando había pan sobre la mesa sin mantel. Aunque los guantes siempre lo llamaron: dueño del arco por vocación. Alvear (un club de la liga doméstica) y Huracán Corrientes (en el Argentino B) resultaron el trampolín hacia las ligas mayores: Paraguay llamó a su puerta, auténtico desconocido para los detectores de talento locales. Guaraní, primero, y Cerro Porteño, más tarde, le dieron guantes y porvenir. Dinero para su casa, futuro para su familia. Gustavo Costas, el ídolo de Racing, le abrió el camino. Extraño mundo el del fútbol: un par de días atrás, les acaba de hacer un nudo en el estómago a todos los racinguistas? club en el que fue figura hace años. Extraña historia la de Hilario y el fútbol.
Casado con Alicia, padre de Lucas, de pocas palabras, prefiere el silencio a la música, se divierte cuando le preguntan por su origen paraguayo, es enemigo de los autos (prefiere no manejar) y es fanático del fútbol ("en casa, mi mujer me quiere matar, no soporta que mire tantos partidos?"). Detrás de esa radiografía personal, un día llegó Racing. Con Costas, claro. Después de una suspensión de Gustavo Campagnuolo, a la cancha. Meses antes había comenzado el camino más curioso de los grandes que la historia reciente recuerde: una semana en River (no firmó el contrato, pero hubo un revuelo descomunal) y, de pronto, una temporada después, cruzar la calle de Avellaneda. Se presenta en Independiente, para asombro de miles. "Soy un trabajador", advierte en su momento. Lo pretende Boca, el Boca de Coco Basile. Hay charlas, no hay acuerdo. Su travesía -de las grandes, siempre poderosas- sigue en sintonía. Un préstamo en San Lorenzo. Y de regreso a Independiente, con un par de lesiones importantes mezcladas en el tiempo, como aquella de septiembre de 2009, cuando sufrió un terrible golpe en el pubis por un choque con Leonel Galeano. O aquella molestia un poco más dolorosa en julio de 2008, una rotura parcial del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda. Choques devastadores para muchos. No para él, para Hilario. Manos de luchador, corazón de combatiente.
Por eso, tal vez, las lesiones no le hicieron mella. Como aquellos primeros golpes de la vida, como aquellos impactos en los potreros. Cuando era centrodelantero y los zagueros le frenaban el impulso a golpe limpio. Como cuando era arquero -al fin de cuentas, ese gran anhelo cumplido- y saltaba más fuerte, más alto que todos. Se prende, aún hoy, en el sillón de siempre, cuando en la televisión vuela Navarro Montoya, ese espejo de la vida. Repite sus movimientos, ensaya el saque, su debilidad. Y no se olvida de Costas, su descubridor. Justo hoy, justo ahora, cuando se viste de héroe de capa roja. Aunque héroe, lo que se dice héroe, para Hilario, si espía hacia atrás, debe tener otro significado.
"La luché, la luché desde chico", cuenta el arquero, el gran arquero. El arquero de todos. El admirador de Navarro Montoya, el que aún sueña ser de selección. Su 1,92 metro hacía la diferencia en la tierra, en el barrio, cuando cabeceaba todos los centros llovidos en los ensayos entre amigos, cuando la soga no llegaba al cuello. Cuando había pan sobre la mesa sin mantel. Aunque los guantes siempre lo llamaron: dueño del arco por vocación. Alvear (un club de la liga doméstica) y Huracán Corrientes (en el Argentino B) resultaron el trampolín hacia las ligas mayores: Paraguay llamó a su puerta, auténtico desconocido para los detectores de talento locales. Guaraní, primero, y Cerro Porteño, más tarde, le dieron guantes y porvenir. Dinero para su casa, futuro para su familia. Gustavo Costas, el ídolo de Racing, le abrió el camino. Extraño mundo el del fútbol: un par de días atrás, les acaba de hacer un nudo en el estómago a todos los racinguistas? club en el que fue figura hace años. Extraña historia la de Hilario y el fútbol.
Casado con Alicia, padre de Lucas, de pocas palabras, prefiere el silencio a la música, se divierte cuando le preguntan por su origen paraguayo, es enemigo de los autos (prefiere no manejar) y es fanático del fútbol ("en casa, mi mujer me quiere matar, no soporta que mire tantos partidos?"). Detrás de esa radiografía personal, un día llegó Racing. Con Costas, claro. Después de una suspensión de Gustavo Campagnuolo, a la cancha. Meses antes había comenzado el camino más curioso de los grandes que la historia reciente recuerde: una semana en River (no firmó el contrato, pero hubo un revuelo descomunal) y, de pronto, una temporada después, cruzar la calle de Avellaneda. Se presenta en Independiente, para asombro de miles. "Soy un trabajador", advierte en su momento. Lo pretende Boca, el Boca de Coco Basile. Hay charlas, no hay acuerdo. Su travesía -de las grandes, siempre poderosas- sigue en sintonía. Un préstamo en San Lorenzo. Y de regreso a Independiente, con un par de lesiones importantes mezcladas en el tiempo, como aquella de septiembre de 2009, cuando sufrió un terrible golpe en el pubis por un choque con Leonel Galeano. O aquella molestia un poco más dolorosa en julio de 2008, una rotura parcial del ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda. Choques devastadores para muchos. No para él, para Hilario. Manos de luchador, corazón de combatiente.
Por eso, tal vez, las lesiones no le hicieron mella. Como aquellos primeros golpes de la vida, como aquellos impactos en los potreros. Cuando era centrodelantero y los zagueros le frenaban el impulso a golpe limpio. Como cuando era arquero -al fin de cuentas, ese gran anhelo cumplido- y saltaba más fuerte, más alto que todos. Se prende, aún hoy, en el sillón de siempre, cuando en la televisión vuela Navarro Montoya, ese espejo de la vida. Repite sus movimientos, ensaya el saque, su debilidad. Y no se olvida de Costas, su descubridor. Justo hoy, justo ahora, cuando se viste de héroe de capa roja. Aunque héroe, lo que se dice héroe, para Hilario, si espía hacia atrás, debe tener otro significado.





