El portero siempre pierde
Un dato indica muchas cosas: ¿cuántos porteros han recogido el Balón de Oro, uno de los mayores galardones individuales en el fútbol? Sólo uno, el soviético Lev Yashin, en 1963. La estadística es ilustrativa: hace 53 años que se entrega este trofeo.
"¿Cómo le van a dar el Balón de Oro a un portero? –se pregunta Lluís Capdevila, preparador físico–. Cuando ves el resumen de un partido, siempre te muestran los goles. Y todo gol desnuda al portero: significa su derrota".
Por múltiples motivos, el inglés Robert Green nunca recibirá el Balón de Oro. Ni siquiera se ha confirmado si jugará hoy, en el segundo encuentro de los ingleses, ante Argelia. Nadie, ni Fabio Capello ni los hooligans, está contento con él: Green ya es un icono en YouTube. Todo viene del otro sábado, del empate entre los inglesesyEstados Unidos (1-1). Menuda cantada, ladeGreen: tragándose un tirito flojo y raso del estadounidense Dempsey, se convertía en el hazmerreír de estos Mundiales. De ahí, al infierno, con todas sus consecuencias. Porque Green es un guardameta, ya se sabe. Y los guardametas, también se sabe, acostumbran a pagar muy caro cualquier error.
"Visto lo visto, ¿quién quiere ser portero?", se preguntaba Simon Hattenstone, ex guardameta de fútbol, el martes, en The Guardian. Porque Green, en Inglaterra, ha generado eso: debate. Lo ilustraba Hattenstone, acaso yendo demasiado lejos: si el condenado a muerte se ve solo entre el muro y el pelotón de fusilamiento, el portero está solo entre su propia portería y los delanteros rivales, escribía.
Salvando las distancias, algo de eso hay. "En realidad, para ser un portero hay que ser un valiente, alguien dispuesto a cargar con el peso del equipo", dice Beatriz Galilea, psicóloga deportiva en la residencia Blume de Barcelona. "El aficionado futbolístico, tan peculiar y superficial como es en muchos casos, no suele ir muy allá a la hora de interpretar un gol. A menudo, los hinchas obvian la posibilidad de un error en la defensa,o enel centro del campo. Ven que es el portero quien ha fallado. Y se van a por él, porque el error del portero es algo terrible, algo que casi siempre acaba en gol. Quien asume la portería asume muchísima responsabilidad, más que nadie en el equipo: ese es un valiente". "El portero es el último de la línea –abunda Capdevila–. Por eso, cuando falla se lo comen". Ya lo define un viejo dicho inglés: un equipo son diez jugadores y un portero. Un abanico de circunstancias convierten al portero en un ejemplar único en el campo, alguien muy distinto de cualquiera de los compañeros. Ese abanico de circunstancias contempla sus rarezas –el mundo interior de Kahn o las excentricidades de Chilavert o Higuita–, pero también sus particulares características físicas.
Desde crío, el portero es especial. En la escuela nadie quiere ir bajo los palos. Para unos, el portero es el pusilánime, el que no sabe decir que no. Para otros, es el líder, el que no teme a nada, el que se sacrifica en bien del colectivo. En caso de error, para él serán buena parte de los palos. "En todo caso –apunta Ramon Català, preparador físico del Espanyol–, es elmuchacho más torpe con el balón en los pies, pero casi siempre es el más grande. Es lógico: cuanto más largas son las extremidades, más espacio se cubre. No olvidemos que juega con las manos. Bajo la portería, no hay sitio para los pequeñitos". "¿No te acuerdas de cuando tenías diez años y te ponías entre los tres palos? –apunta Galilea–. ¡La portería era gigantesca...! Y aun así, siempre había un compañero que se ponía ahí". Ante esas premisas, hay que adaptar al muchacho. Al portero se le entrena aparte. "De un lado están los jugadores de campo –abunda Català–. Y del otro, los porteros, bajo la lupa de sus entrenadores específicos".
Sus entrenamientos se centran en la explosividad y los reflejos, obviando las cargas aeróbicas, propias de los fondistas. Es lógico: si el jugador de campo recorre doce kilómetros por partido, un portero apenas suma tres, la mayoría de ellos a paso lento, en el perímetro de su área. "Su situación en el campo es privilegiada: ve todo lo que ocurre, está de frente al rival", recuerda Galilea. Otra cosa es la faceta psicológica: cuando encaja un gol, el portero se queda con sus demonios. Y ante eso, no hay tratamiento psicológico posible.
"El portero está solo –apunta Mercè Rosich, psicóloga deportiva–. Es ese aspecto el que más le distingue del resto. Su atención debe ser elevadísima todo el tiempo. Y su nivel de autoconfianza, también. Tiene que estar presente en los instantes críticos. Ante esa situación, debe autocontrolarse. Juega en un momento, en un segundo. Y en ese segundo, se le exige que sea eficaz". Si falla, es gol. Y el resto, los errores que haya podido cometer la defensa, o un desajuste en el centro del campo, o un fallo del delantero a portería vacía, se olvidan en la noche de los tiempos.
Pensando en esas cosas, evocamos la imagen de Green, el portero inglés: boca abajo sobre la hierba, maldiciéndose ante los estadounidenses, viviendo a solas un error que afecta al colectivo. "Cuando el equipo tiene una mala tarde, es el portero quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos". Es un extracto de El arquero, de Eduardo Galeano.
"¿Cómo le van a dar el Balón de Oro a un portero? –se pregunta Lluís Capdevila, preparador físico–. Cuando ves el resumen de un partido, siempre te muestran los goles. Y todo gol desnuda al portero: significa su derrota".
Por múltiples motivos, el inglés Robert Green nunca recibirá el Balón de Oro. Ni siquiera se ha confirmado si jugará hoy, en el segundo encuentro de los ingleses, ante Argelia. Nadie, ni Fabio Capello ni los hooligans, está contento con él: Green ya es un icono en YouTube. Todo viene del otro sábado, del empate entre los inglesesyEstados Unidos (1-1). Menuda cantada, ladeGreen: tragándose un tirito flojo y raso del estadounidense Dempsey, se convertía en el hazmerreír de estos Mundiales. De ahí, al infierno, con todas sus consecuencias. Porque Green es un guardameta, ya se sabe. Y los guardametas, también se sabe, acostumbran a pagar muy caro cualquier error.
"Visto lo visto, ¿quién quiere ser portero?", se preguntaba Simon Hattenstone, ex guardameta de fútbol, el martes, en The Guardian. Porque Green, en Inglaterra, ha generado eso: debate. Lo ilustraba Hattenstone, acaso yendo demasiado lejos: si el condenado a muerte se ve solo entre el muro y el pelotón de fusilamiento, el portero está solo entre su propia portería y los delanteros rivales, escribía.
Salvando las distancias, algo de eso hay. "En realidad, para ser un portero hay que ser un valiente, alguien dispuesto a cargar con el peso del equipo", dice Beatriz Galilea, psicóloga deportiva en la residencia Blume de Barcelona. "El aficionado futbolístico, tan peculiar y superficial como es en muchos casos, no suele ir muy allá a la hora de interpretar un gol. A menudo, los hinchas obvian la posibilidad de un error en la defensa,o enel centro del campo. Ven que es el portero quien ha fallado. Y se van a por él, porque el error del portero es algo terrible, algo que casi siempre acaba en gol. Quien asume la portería asume muchísima responsabilidad, más que nadie en el equipo: ese es un valiente". "El portero es el último de la línea –abunda Capdevila–. Por eso, cuando falla se lo comen". Ya lo define un viejo dicho inglés: un equipo son diez jugadores y un portero. Un abanico de circunstancias convierten al portero en un ejemplar único en el campo, alguien muy distinto de cualquiera de los compañeros. Ese abanico de circunstancias contempla sus rarezas –el mundo interior de Kahn o las excentricidades de Chilavert o Higuita–, pero también sus particulares características físicas.
Desde crío, el portero es especial. En la escuela nadie quiere ir bajo los palos. Para unos, el portero es el pusilánime, el que no sabe decir que no. Para otros, es el líder, el que no teme a nada, el que se sacrifica en bien del colectivo. En caso de error, para él serán buena parte de los palos. "En todo caso –apunta Ramon Català, preparador físico del Espanyol–, es elmuchacho más torpe con el balón en los pies, pero casi siempre es el más grande. Es lógico: cuanto más largas son las extremidades, más espacio se cubre. No olvidemos que juega con las manos. Bajo la portería, no hay sitio para los pequeñitos". "¿No te acuerdas de cuando tenías diez años y te ponías entre los tres palos? –apunta Galilea–. ¡La portería era gigantesca...! Y aun así, siempre había un compañero que se ponía ahí". Ante esas premisas, hay que adaptar al muchacho. Al portero se le entrena aparte. "De un lado están los jugadores de campo –abunda Català–. Y del otro, los porteros, bajo la lupa de sus entrenadores específicos".
Sus entrenamientos se centran en la explosividad y los reflejos, obviando las cargas aeróbicas, propias de los fondistas. Es lógico: si el jugador de campo recorre doce kilómetros por partido, un portero apenas suma tres, la mayoría de ellos a paso lento, en el perímetro de su área. "Su situación en el campo es privilegiada: ve todo lo que ocurre, está de frente al rival", recuerda Galilea. Otra cosa es la faceta psicológica: cuando encaja un gol, el portero se queda con sus demonios. Y ante eso, no hay tratamiento psicológico posible.
"El portero está solo –apunta Mercè Rosich, psicóloga deportiva–. Es ese aspecto el que más le distingue del resto. Su atención debe ser elevadísima todo el tiempo. Y su nivel de autoconfianza, también. Tiene que estar presente en los instantes críticos. Ante esa situación, debe autocontrolarse. Juega en un momento, en un segundo. Y en ese segundo, se le exige que sea eficaz". Si falla, es gol. Y el resto, los errores que haya podido cometer la defensa, o un desajuste en el centro del campo, o un fallo del delantero a portería vacía, se olvidan en la noche de los tiempos.
Pensando en esas cosas, evocamos la imagen de Green, el portero inglés: boca abajo sobre la hierba, maldiciéndose ante los estadounidenses, viviendo a solas un error que afecta al colectivo. "Cuando el equipo tiene una mala tarde, es el portero quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos". Es un extracto de El arquero, de Eduardo Galeano.





