El guante de cuatro dedos
Temporada 2004-05. Estadio de Montjuic y José Antonio Camacho en el banquillo. Casillas pone a punto los músculos durante el calentamiento previo al partido frente al Español. Un disparo flojo y sencillo impacta en el dedo anular de la mano derecha. El portero siente un pinchazo. Más bien un fuerte dolor. Enseguida se saca el guante con una idea negativa bullendo en la cabeza. ¿Lesión? Sí. Esguince. No puede continuar. Cambio de portero y a recuperarse.
El responsable de la preparación de porteros, Pepe Carcelén, aprueba un plan de trabajo para proteger la zona dañada. Reebok, la marca que le proporciona los guantes, le hace unos especiales. El derecho queda reducido a cuatro dedos porque el anular y el corazón van en el mismo capuchón para dar cabida a la férula (la llevó ya más de un año) o vendaje compresivo que lo protege cada vez que se entrena o juega.
Como no podía parar en el día a día, se vio obligado a realizar la mayoría de los ejercicios con la mano izquierda. Un mal que condujo a un bien. Ya se sabe que los porteros tiene un lado fuerte u otro débil, como los futbolistas con las piernas. Pero ahora, Íker es tan fiable con la derecha como con la izquierda (él es zurdo de pie y diestro de mano).
Sin duda esta completa formación, añadida a la madurez personal y profesional, le están llevando a las más altas cotas del fútbol de elite. El año 2002 puede señalarse como el del despegue. Su nombre cubrió las portadas de media Europa por su actuación en la final de la Liga de Campeones en Glasgow, ante el Leverkusen, cuando sustituyó al lesionado César y salvó al Madrid con tres paradas espectaculares en los últimos minutos.
Pese a que entonces era suplente, Camacho le siguió llevando a la selección y le convocó para el Mundial de Corea. Como Cañizares se sesgó un tendón del pie con un frasco de colonia, cayó de cabeza en la titularidad. Allí nació «San Íker» en un partido memorable ante Irlanda del Norte. Paró un penalti a Harte en el tiempo reglamentario y dos más en la ruleta rusa después de la prórroga. El resto ha venido rodado. Ha caído por su propio peso. Ha sobrevivido con buena nota a los años en blanco del Madrid. El equipo se sostuvo en Europa o peleando por la Liga gracias al «1» y al «9». A Casillas y a Ronaldo. Así años tras año sin un reconocimiento público de su club.
Con Florentino Pérez en el sillón estuvo a punto de dejar el club, como dijo a ABC en una entrevista reciente. El presidente prefería a Buffon y le ofrecieron un contrato inferior y en peores condiciones que a otras estrellas. Las negociaciones fueron duras y el órdago del portero motivó que se redactase un nuevo acuerdo, ya sin pagos por objetivos.
El único que ha reconocido el trabajo del portero es el público del Bernabéu. Como el miércoles ante el Olympiacos o en los cuatro partidos que ha jugado en casa esta Liga (Atlético, Almería, Recreativo o Betis -cuando los palos, tres, fueron sus aliados-). O fuera. En Getafe fue un jabato. Y en Roma, ante el Lazio, salvó el empate. Se podrían repasar partidos y partidos bajo el mismo denominador: las paradas de Casillas.
Pero este reconocimiento de hemeroteca no se refleja en los premios de chaqueta y corbata. Baste un par de ejemplos incomprensibles. Los jugadores europeos votaron el mejor once de la temporada pasada y eligieron a Buffon, un guardameta que jugó en la Segunda italiana y que no participó en las competiciones europeas. O el FIFA World Player. No figura en la lista de cincuenta candidatos que votan seleccionadores y capitanes de los cinco continentes. Sólo se ha acordado de su hoja de servicios el «Balón de Oro», cuyo máximo favorito es Kaká. Esta distinción sólo la tiene un portero. La mítica «Araña Negra» rusa. Lev Yashin. Quizá esté también en el destino de Casillas.





