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Kameni, un gato con botas

Kameni, un gato con botas

El mejor porterio de la historia de Camerún sigue jugando en vacaciones con sus amigos en campos de tierra impracticables

Carlos Kameni, portero. Este es el DNI del guardameta internacional camerunés. A la sombra de los tres palos, el futbolista africano se ha labrado una intensa y reconocida carrera. Pero el secreto que muy pocos conocen es que el actual cancerbero del Málaga es capaz de quitarse los guantes, calzarse las botas y convertirse en un peligroso delantero. Este secreto queda al descubierto cada vez que Kameni viaja a Camerún para disfrutar de sus vacaciones. Allí se transforma en un “pelotero” habilidoso, potente, rápido y goleador. “El Gato”, como lo conocen sus paisanos en honor a sus felinos reflejos, se comporta como pez en el agua corriendo sobre el terreno de juego con la pelota pegada a sus pies.

Cuando estoy en mi país –explica- me reúno con mis amigos de la infancia y organizamos partidos en el campo de toda la vida. Lo llamamos “la tierra roja”, por el intenso color de su superfície.

Una superficie, por cierto, llena de agujeros...

Sí -suelta una sonora carcajada-, pero es donde nos gusta practicar el fútbol. Es donde hemos aprendido a jugar. Hay un campo nuevo, muy cerca; es mucho más llano, no tiene agujeros, ni desniveles,  però no tiene gracia. Nosotros disfrutamos mucho más corriendo en el terreno de juego que nos ha visto crecer. ¡Estos momentos que me recuerdan mis tiempos de infància no me los perdería por nada en el mundo!

¿Y qué puedes contarnos de tu faceta de delantero?

De pequeño, en el colegio, jugaba de delantero, porque nadie me quería de portero.

¿Por qué?

Pues porque era muy bajito.

¿Bajito? –le interrumpo sorprendido, recorriendo con la vista su figura de 186 centímetros-

Sí, ¡ja, ja, ja!, ¡Te lo juro! No levantaba un palmo del suelo –exagera- ; me sentaba mal no poder jugar en mi demarcación favorita, pero afortunadamente mi técnica y mi velocidad me permitían actuar en la zona ofensiva. Sin embargo, al final pude hacerme con un puesto de portero.

¿Eso quiere decir que creciste?

Sí, como todos los niños, fuí creciendo, gané altura, dí el estirón, quizá un poco más que los demás –rie con sus ojos- y entonces el panorama cambió: todo el mundo me quería de guardameta en su equipo.

Me imagino que jugabas cada día al fútbol.

¡Sí, claro! Un día sin futbol era inconcebible para mí, aunque a veces no me quedaba mucho tiempo para jugar, porque tenía que ir al colegio y, además, vendía cacahuetes por la calle para poder pagarme los estudios, porque mis padres no tenían el dinero suficiente. Entre los ocho y los doce años este era mi trabajo, aunque tengo que decirte que era un mal vendedor, porque cuando veía un balón dejaba la bandeja en el suelo y me olvidaba de los cacahuetes. ¡No puedes imaginarte las broncas que me soltaban mis pedres!

¿Y esa técnica, esa habilidad que tienes con la pelota, de dónde la has sacado?

¡De ninguna parte: la llevo en la sangre!

Pues, sinceramente, como jugador de campo, Carlos Kameni no lo hace nada mal. Incluso viéndole desarrollar su faceta ofensiva, entran ganas de decirle: “Carlos, cuelga los guantes y calzate las botas, que tienes futuro”. Y cuando al final se lo dices, el camerunés recurre a su habitual sonrisa y, sin apagar ese signo de alegria en el rostro, accedí a hablar de su presente, de una etapa que no está resultando todo lo positiva que él esperaba.

En Málaga me siento un poco triste, porque no estoy jugando. A pesar de ello, sigo trabajando igual y esperando mi turno. Es difícil levantarse sabiendo que el fin de semana no voy a jugar. Pero tengo que aceptarlo y luchar por recuperar la titularidad.

Tuviste varias ofertas durante el mercado de invierno. ¿Por qué no se concretó ninguna?

Me querían varios equipos, pero el Málaga pidió un traspaso que ninguno de ellos pudo pagar. No me quedó otro remedio que quedarme.

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