Leonardo Franco
El arquero del Aleti ganó la pulseada tras ser abanderado en la secundaria, y ahora, top, hasta quiere ser arquitecto. Habla por primera vez del papelito de Lehmann, los penales en el Mundial, y hasta revela otro costado: sus visitas a los hospitales.
Hablale, amor, dale, hablale; a ver, decile hola, hola decile".
El grito suena alto en el teléfono, entre feliz y más chillón, un segundo antes de que la nena de Leonardo Franco toque algo, haga algo para cortar la comunicación, desde España, con Olé. Cercana la derrota del periodista, el teléfono igual vuelve a sonar y pasa un rato largo hasta que el arquero del Atlético de Madrid atiende y ofrece disculpas, explica que "es una fiera la gorda, justo se prendió al teléfono, hola, bebé, decí hola". Asombra, en serio, la onda del argentino: hace un poco más de un año, en el Mundial, Franco sellaba una imagen hosca al chocar con los periodistas en una conferencia. Para colmo, luego, Alemania y los penales. Para colmo, luego, Lehmann, su papel. "En España ya saben que soy de pocas palabras, y bueno, qué sé yo, a veces pasa eso. Siempre será imposible caerles bien a todos. Uy, pará, pará que la nena les está gritando a los perros. ¡Basta, che! Es una familia de locos ésta".
—Estás de buen humor.
—Bien, bien, tranquilo. Soy especial yo, así que...
—¿Te asombró no haber estado en Venezuela?
—El llamado, lógico, lo esperé, pero esto es así. Argentina fue, sin dudas, el mejor de la Copa. Y será una frase hecha, pero en la final gana el que se levanta mejor. Y ése fue Brasil. —¿Te molesta que tu imagen para muchos sólo sea la de los penales contra Alemania, el papelito de Lehmaan?
—Era obvio que se le diera tanta magnitud a lo del papelito, que el periodismo se fijara en esas cosas en un torneo tan grande. Hasta lo de la subasta del papel me pareció normal. Ya está. Más allá de lo que pase, esos eventos se disfrutan. Y más, te digo, cuando sos la oveja negra de la familia: mi padre es ingeniero, mi hermano abogado, todos universitarios, y yo les salí jugador. Mi viejo no quería que jugara al fútbol, así que imaginate. Cuando se lo dije, me acuerdo, se arrancó unos cuantos pelos.
—¿Y ahora?
—Me dicen que los equivocados fueron ellos, je.
—¿Te costó imponerte?
—Me pedían que terminara la escuela técnica. Si no, de vuelta a casa.
—¿Y?
—Fui abanderado, je. En Capital estudié ingeniera industrial, después, y ya en Mallorca cursé empresariales, algo así como administración. Y ahora también quiero retomar el estudio: arquitectura, quizás. Hay dos diferencias básicas entre el jugador de allá y el de acá: la guita y las ganas de aprender. Casi todos buscan abrirse del fútbol. Luego, bueno, somos parecidos: Argentina es un país hecho por europeos, ¿no?
—¿Hasta qué punto se flagelan los que sólo se encierran en su plata?
—A la larga va a sufrir lo mismo que todos. Hace poco, por ejemplo, me preguntaron por Agüero. Porque todos pensarán que con la plata ya está, pero el fútbol se hizo un negocio tan grande que nos exigen como si fuéramos jugadores de PlayStation, que apretás el R1 y corrés. Yo me fui de mi casa a los 16 años, el Kun se fue a otro país a los 18, la peleás mucho. Otra: ¿en qué trabajo no tenés vacaciones? En éste. Al fútbol le falta un calendario mundial, otra organización, porque los que jugaron la Copa América ahora llegan a Europa, se entrenan, arranca la Liga, ¿y? Claro, luego jugás mal, te insultan, te lesionás, y nadie se acuerda de vos cuando estás solo en otro país, con tu cama de hotel, el televisor. El jugador es solitario. Siempre fue así.
—¿En qué te cambió el haber crecido allá?
—En muchas cosas, obvio. Lo que se motiva acá es la solidaridad del jugador, y eso te toca. Con Roa, en Mallorca, íbamos todos los años a visitar a un chiquito, pobre, que no se podía mover, vivía con un respirador, y verlo ahí, tan joven, postrado en una cama, nos mataba. Se piensa que para el jugador está todo bien, que todo le viene de cara (sic), pero eso te cambia la vida. O cuando entrábamos a la zona de oncología, con mascarilla. Para esa gente, un abrazo era todo, demasiado, y después tenés que escuchar a gente que dice que la vida pasa por un partido de fútbol.





