Mario Benedetti: un apasionado del fútbol y el arco
Mario Orlando Brenno Hamlet Hardy Benedetti Farrugia, el genial escritor uruguayo falleció este domingo a los 88 años de edad. Uruguay y el Mundo enteró lloran su partida del ahora inmortal poeta. ¿Qué relación tenía Benedetti con el fútbol?, ¿Por qué le gustaba tanto?, ¿Qué pensamiento tenía del Maracanazo?.
-Como en cualquier otra profesión, en el fútbol hay jugadores que leen y otros que no. A veces escucho a varios de ellos en reportajes haciendo mención a distintos libros. No tienen por qué no leer. Otro lugar común es que a los escritores no les interesa el fútbol. Y a mí me ha gustado mucho desde siempre.
-¿Le gusta escribir sobre fútbol?
-Por supuesto. He escrito varios cuentos, como en el libro de Jorge Valdano. Además, allá por los años 40, fui cronista de un diario de Montevideo. Iba todos los fines de semana al estadio a ver partidos de Nacional y Peñarol, después regresaba a la redacción y hacía crónicas humorísticas sobre los encuentros.
-¿Sigue yendo a la cancha?
-Ya no, prefiero ver los partidos en mi casa, por televisión. A mi edad vetusta no me veo rodando por las escaleras del estadio Centenario. Recuerdo que en una oportunidad fuimos con mi padre a ver el clásico Peñarol-Nacional. Siempre nos íbamos quince minutos antes de que finalizaran los partidos para evitar el tumulto del final, pero esa vez el encuentro estaba muy reñido y decidimos quedarnos hasta el último minuto. Debimos salir en medio de una gran avalancha. Yo me caí y la gente rodaba por encima de mí, apretándome e impidiéndome respirar. ¡Y eso que se trataba de mi propia hinchada, la de Nacional!
-¿Entonces decidió no regresar nunca más a un estadio?
-Dije basta. Y eso que a mí, el fútbol me ha gustado desde siempre. Pero me molestan mucho dos cosas. Primero, la violencia, de la que fueron precursores los hooligans ingleses. Ahuyenta de los estadios a mucha gente, que ya tiene miedo de ir a ver un partido de fútbol. Encima la violencia de afuera se traslada adentro del campo de juego, con patadas y acciones antideportivas. Es como una vocación de violencia que no entiendo. La segunda cosa que me fastidia es el factor mercantil de este deporte, la excesiva publicidad, las disparatadas cifras de dinero que se manejan. Por suerte ya no está más Havelange. Antes que nada hay que pensar que esto es un juego y merece ser disfrutado como tal.
-¿Jugaba al fútbol cuando era joven?
-Sí, era golero, aunque muy malo. Me gustaba jugar en ese puesto, porque representa una figura especial dentro del equipo. Aunque con razón, muchos dicen que es el peor de los puestos. Cuando los compañeros meten un gol el arquero no puede festejarlo con ellos porque está muy lejos, y cuando le convierten uno está resignado a soportarlo en soledad.
-¿Nunca probó en otra posición?
-No, porque por más que fuera el puesto más ingrato, yo era golero por vocación. O tal vez porque era asmático, como el Che Guevara. Una vez, el padre del Che me contó que su hijo también era golero y que solía tener dentro del arco, junto a uno de los palos, un inhalador. Entonces, después de una atajada, corría hacia el aparato y se daba unos bombazos. Lo de él también era vocacional.
-¿Cuáles son sus jugadores preferidos?
-He visto jugar a los grandes. Recuerdo a Scarone, Petrone, al argentino Atilio García, Mamucho Martino... Pero en especial, me deleitaba Pepe Schiaffino, aunque lamentablemente era de la contra, porque jugaba para Peñarol. Iba a la cancha sólo para verlo a él. Me gustaba observarlo cuando no tenía la pelota, por sus movimientos y las órdenes que impartía a sus compañeros.
-¿Y de Nacional, su equipo?
-Elijo aquel equipo del quinquenio, porque también nosotros ganamos alguna vez cinco títulos consecutivos (relata con una pícara sonrisa, refiriéndose a la última seguidilla de campeonatos conquistados por Peñarol). Allí se destacaba el triángulo final. La defensa que componían García, Nasazzi y Domingos da Guía. Estuvieron una rueda y media sin recibir goles.
-Hábleme del Maracanazo...
-Más allá de la gran alegría que generó en todos los uruguayos el campeonato del mundo ganado en Brasil, recuerdo con tristeza los sufrimientos que debió padecer después de esa final el arquero brasileño Barbosa. Por los dos goles que le hicieron, el Maracaná y el país entero lo culparon por la derrota. Vivió tan atormentado que hasta debió retirarse del fútbol antes de tiempo. Salvando las diferencias, se me viene ahora a la mente aquél defensor colombiano, de quien no recuerdo su nombre (N. de la R.: Andrés Escobar), que fue asesinado por meter un gol en contra en el Mundial de los Estados Unidos. A veces el fútbol genera pasiones desmedidas, imposibles de controlar.
-¿Le gusta escribir sobre fútbol?
-Por supuesto. He escrito varios cuentos, como en el libro de Jorge Valdano. Además, allá por los años 40, fui cronista de un diario de Montevideo. Iba todos los fines de semana al estadio a ver partidos de Nacional y Peñarol, después regresaba a la redacción y hacía crónicas humorísticas sobre los encuentros.
-¿Sigue yendo a la cancha?
-Ya no, prefiero ver los partidos en mi casa, por televisión. A mi edad vetusta no me veo rodando por las escaleras del estadio Centenario. Recuerdo que en una oportunidad fuimos con mi padre a ver el clásico Peñarol-Nacional. Siempre nos íbamos quince minutos antes de que finalizaran los partidos para evitar el tumulto del final, pero esa vez el encuentro estaba muy reñido y decidimos quedarnos hasta el último minuto. Debimos salir en medio de una gran avalancha. Yo me caí y la gente rodaba por encima de mí, apretándome e impidiéndome respirar. ¡Y eso que se trataba de mi propia hinchada, la de Nacional!
-¿Entonces decidió no regresar nunca más a un estadio?
-Dije basta. Y eso que a mí, el fútbol me ha gustado desde siempre. Pero me molestan mucho dos cosas. Primero, la violencia, de la que fueron precursores los hooligans ingleses. Ahuyenta de los estadios a mucha gente, que ya tiene miedo de ir a ver un partido de fútbol. Encima la violencia de afuera se traslada adentro del campo de juego, con patadas y acciones antideportivas. Es como una vocación de violencia que no entiendo. La segunda cosa que me fastidia es el factor mercantil de este deporte, la excesiva publicidad, las disparatadas cifras de dinero que se manejan. Por suerte ya no está más Havelange. Antes que nada hay que pensar que esto es un juego y merece ser disfrutado como tal.
-¿Jugaba al fútbol cuando era joven?
-Sí, era golero, aunque muy malo. Me gustaba jugar en ese puesto, porque representa una figura especial dentro del equipo. Aunque con razón, muchos dicen que es el peor de los puestos. Cuando los compañeros meten un gol el arquero no puede festejarlo con ellos porque está muy lejos, y cuando le convierten uno está resignado a soportarlo en soledad.
-¿Nunca probó en otra posición?
-No, porque por más que fuera el puesto más ingrato, yo era golero por vocación. O tal vez porque era asmático, como el Che Guevara. Una vez, el padre del Che me contó que su hijo también era golero y que solía tener dentro del arco, junto a uno de los palos, un inhalador. Entonces, después de una atajada, corría hacia el aparato y se daba unos bombazos. Lo de él también era vocacional.
-¿Cuáles son sus jugadores preferidos?
-He visto jugar a los grandes. Recuerdo a Scarone, Petrone, al argentino Atilio García, Mamucho Martino... Pero en especial, me deleitaba Pepe Schiaffino, aunque lamentablemente era de la contra, porque jugaba para Peñarol. Iba a la cancha sólo para verlo a él. Me gustaba observarlo cuando no tenía la pelota, por sus movimientos y las órdenes que impartía a sus compañeros.
-¿Y de Nacional, su equipo?
-Elijo aquel equipo del quinquenio, porque también nosotros ganamos alguna vez cinco títulos consecutivos (relata con una pícara sonrisa, refiriéndose a la última seguidilla de campeonatos conquistados por Peñarol). Allí se destacaba el triángulo final. La defensa que componían García, Nasazzi y Domingos da Guía. Estuvieron una rueda y media sin recibir goles.
-Hábleme del Maracanazo...
-Más allá de la gran alegría que generó en todos los uruguayos el campeonato del mundo ganado en Brasil, recuerdo con tristeza los sufrimientos que debió padecer después de esa final el arquero brasileño Barbosa. Por los dos goles que le hicieron, el Maracaná y el país entero lo culparon por la derrota. Vivió tan atormentado que hasta debió retirarse del fútbol antes de tiempo. Salvando las diferencias, se me viene ahora a la mente aquél defensor colombiano, de quien no recuerdo su nombre (N. de la R.: Andrés Escobar), que fue asesinado por meter un gol en contra en el Mundial de los Estados Unidos. A veces el fútbol genera pasiones desmedidas, imposibles de controlar.





