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Me gustan las finales


El partido había que jugarlo. Ya todo estaba casi definido pero el fútbol, como la vida, es así. Impredecible. Mágico. Algunas mujeres no entienden qué nos pasa con el fútbol, pero él siempre está. En la radio, en la tele, en la calle, en la cancha, en el parque, en el kiosco, en el alma.

Yo pensaba que la vida era distinta, pero al final resultó una final cada día que se me ocurrió vivir, siempre intensamente. Me costó mucho acostumbrarme a ser el que soy, a estar siempre a mil, e ir adelante siempre a dos mil. Y caerme y volverme a levantar y aceptar cada cachetazo como un regalo del cielo.

Teníamos buen equipo y el ascenso por delante. Resulta que nuestro eterno rival logró un triunfo impensado y nosotros estábamos obligados a ganarle al que iba cuarto para ascender directamente, si perdíamos nos quedábamos sin nada, si empatábamos, jugábamos contra El Equipo de José, eterno rival. En el partido contra ellos perdíamos dos a cero y lo dimos vuelta en los dos minutos de tiempo adicional. Fue un partido chivo con piñas y todo. La intensidad no es directamente proporcional a los golpes de puño, pero se le acerca.

Quedaron calientes y nos echaron un jugador a cada uno que los suspendieron por todo el campeonato.

El partido definitorio fue una mañana de domingo con mucho sol y calor agobiante. Afuera el escaso público eran mi viejo y nuestros eternos rivales expectantes por el resultado. Se acomodaron en un costado esperando disfrutar de nuestro fracaso. El partido fue muy peleado pero en seguida se pusieron uno a cero arriba. Como una advertencia para concentrarse en lo que estaba pasando.

Nuestro crack, Carlitos, no tenía un buen día pero insistía en cada amague, en cada pique, ellos se cerraron bien atrás y era difícil entrarles.Yo tenía un campeonato flojo, me había mostrado muy inseguro, y eso trasmitía inseguridad al resto del equipo. Los arqueros estamos ahí para atajar pelotas pero también para que todos puedan jugar tranquilos y ese no era mi año.

Para colmo de males Diego, el dos infaltable, se desgarra y quedamos con uno menos, ya no teníamos ni suplentes.

Afortunadamente llegó el empate faltando pocos minutos. Carlitos llegó al fondo y tiró el centro atrás la pelota de nuestro nueve goleador, Micky, dio en el palo en la espalda del arquero vencido y recién ahí entró para darnos una idea de lo complicado era todo. El empate estaba.... y los rivales afuera.

El juez adicionó dos minutos y ellos meten un contragolpe terrible dejando solo frente a mi al Colorado Stamparín. El colo es un pibe joven, un goleador de raza, era el típico delantero definidor, robusto y certero. Ahí empecé a palpitar el final del juego y de todo. Entre mi inseguridad y la seguridad de él estaba todo definido. Vaya a saber por qué se apuró a patear, vaya a saber que orden le dio su sistema nervioso que sacó un zapatazo terrible, a media altura, a mi derecha.... vaya a saber por qué y cómo mi mano derecha desvió la pelota en una reacción tan impensada como inesperada y la mandó al corner. Peor el remedio que la enfermedad. Los últimos partidos me habían visto ni salir en los tiros de esquina por la inseguridad en mis manos de manteca. Lo que no sabía ese centro es que, sacarle esa pelota al rival en una jugada tan importante, me había inflado. Tampoco sabía que yo ya había visto a Micky que se quedó allá arriba esperando el fortuito contragolpe. Cuando vemos la veta, el resto es acertar con la dinamita y encender la mecha en el momento justo.

Cuando vino el centro salí disparado y atrapé en el aire a la pelota como a la vida, con la seguridad de un sabio y con la ilusión de un chico. Todavía mantenía la certeza del tiro de lejos y la tranquilidad que ya no había nada que perder. El resto fue casi un trámite. Le pegué de volea como los que saben y se la puse picando a Micky para la corrida de su vida. El arquero de ellos ayudó con su pésima salida y obliga a nuestro delantero a hacer el gol increíble e inolvidable. Se la picó por encima de la cabeza desde veinte metros y la pelota llegó mansa a la red y a la vida que siempre tiene una excusa para volver a empezar.

No quieran saber, no le pregunten a nadie lo que fue ese festejo, esa pila humana, es abrazo de alegría infinita. Y el ascenso y la sensación tan precisa que la vida siempre te da esa oportunidad de hacer un gol decisivo, y, si te lo merecés, si trabajas la suerte a veces tan esquiva, el universo siempre te va a ayudar, aunque sea forzando el error del arquero contrario.

Será por eso que me gustan las finales, y cada vez me gustan menos los finales. Será por eso que cada día es una final, y cada final un desafío, hermoso y divino como esos ojos hermosos que miran de lejos, pero de frente, sinceros y cada día más y más cerca. Será por eso nomás que me gustan las finales, esas, si, esas que la vida nos regala cada mañana y las atajo nomás para tenerlas bien cerca, bien adentro del alma. 

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