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¡Caramba!

¡Caramba!

Y hasta generó una contra...



EL CORDOBÉS ESTUVO RÁPIDO ANTE EL TACO DE ALONSO: CON LA MANO IZQUIERDA EVITÓ QUE EL CAÑO TERMINARA ADENTRO.

Si la faja en su muslo derecho y la renguera con la que aguantó el segundo tiempo fueron síntomas de la tarde-noche que tuvo en La Plata, definitivamente Mauricio Caranta debe haber puesto sus dos manos en un balde con hielo cuando llegó a su casa. Y ese par de guantes, claro, habrán ido derechito al tacho de basura. Sí, no hay exageración. Porque además de la espectacularidad de algunas atajadas, tuvo detalles, sutiles, de precisión, de timing, de calidad, que no sólo determinaron que haya tenido un buen partido, si no también que está pasando un momento bárbaro...

¿Cuáles? A los 23, ante un taco de Alonso posterior a un desborde de Piatti por derecha. Arrodillado, le cerró en ángulo rápido y bien, tapando con una mano la posibilidad de que el caño terminara adentro. Así, le quitó al punta de Gimnasia todas las posibilidades de que su definición se convirtiera en grito de gol. Tuvo cuatro más, seguidas, en el segundo tiempo, cuando Boca estaba con uno menos y los huecos por los costados provocaban un mano a mano detrás de otro a favor del local. Entonces, apareció el cordobés de celeste y vincha y respondió de manera espectacular en todas las que tuvo. Primero, apenas iban cinco minutos, salió con las dos manos, a tiempo y con seguridad, a la caza de un tiro complicado de Piatti a pasos del área chica y con el terreno minado de camisetas blancas. Muy bien. Dos minutos después, despejó un cabezazo de Alonso. Bien. A los 15, después de un rebote en Julio Cáceres, Landa le dio durísimo de frente al arco. ¿Gol? No, a pesar de la corta distancia, de la velocidad de la jugada, de la fuerza que le puso el hombre de Gimnasia, Caranta se estiró hasta quedar casi horizontal con la línea de cal y con la mano izquierda sacó la pelota al córner. Ah, y tuvo otra más. Abajo, contuvo otro remate más de Piatti. Después de semejante seguidilla, los puntas locales decidieron amainar con los arrebatos en el área, quizás desmoralizados por la imposibilidad de doblegar las manos de la figura de la cancha.

No sólo tuvo injerencia en la defensa de su arco, sino también en el ataque del de enfrente. Porque, con Palermo ya afuera de la cancha, a los 32, fue el arquero quién le marcó la jugada a Palacio: con señas le pidió que se abriera, le tiró el pelotazo al fondo (a pesar de estar dolorido) y la jugada terminó en una pared con Riquelme y un tiro de Rodrigo en el palo. El descanso se lo tiene más que merecido...

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